Historia

Nombre: Emérida Díaz, a 9,662 km de casa.

Ocupación: Docente

País de residencia: Austria.

País de origen: Honduras.

 

Estudié Comercio en Tegucigalpa y al graduarme, como toda joven, tenía la necesidad de hacer un poco de dinero. Para ayudarme económicamente, mi prima y yo nos hicimos guías de turismo en Tegucigalpa y San Pedro Sula. Durante uno de los tours que estaba realizando conocí a un grupo de turistas austríacos, dentro del cual se encontraba mi actual esposo, Walter.

Walter se enamoró de mí durante el tour y después de su viaje fue perseverante: me enviaba cartas donde me expresaba su amor y esto siguió durante unos meses. Yo le correspondí el sentimiento con el paso del tiempo. Él regresó a Honduras y me pidió que nos casáramos, pero yo necesitaba el permiso de mis padres para casarme con él ya que las leyes en Honduras en ese momento no permitían contraer matrimonio a personas menores de 21 años. Al preguntarle a mi padre, él dijo que no, cuestionándome por querer casarme con un extranjero. Mi padre firmó el permiso a regañadientes y decidimos casarnos en Honduras en 1973. Fue entonces cuando migré junto a mi esposo hacia Múnich, Alemania.

En esa ciudad vivimos durante 7 años, yo no sabía alemán en ese momento, lo que representó una barrera al inicio, dado que la mayor parte de las personas no hablaban ni español ni inglés, los idiomas que yo manejaba en ese momento. Con mi esposo nos comunicábamos en inglés y luego tuve la oportunidad de aprender alemán, —un poco machacado porque el alemán es difícil—, y era algo que debía poner en práctica todos los días porque no podía moverme sin hablar el idioma.

Yo soy una persona muy comunicativa y practicaba mi alemán conversando con las personas en la parada del bus y otros lugares. En algunas ocasiones, sentía rechazo porque no me contestaban por ser extranjera o me hablaban solo con verbos en infinitivo, lo que me hacía sentir excluida. Sin embargo, tenía amigas que me corregían para que yo pudiese aprender mejor.

En 1980, mi esposo y yo decidimos mudarnos junto a nuestros hijos al país natal de Walter, Austria. Nos mudamos a la ciudad de Linz, donde vivimos hasta el día de hoy. Yo quería estudiar biología, pero en Linz no tenía la oportunidad de estudiar esa carrera y al no saber el idioma perfectamente tenía algunas limitantes.

Walter siempre me apoyó cuando le decía que quería estudiar y después de dedicarme a mi familia a tiempo completo durante 16 años, decidí estudiar Pedagogía y Didáctica, y desde 1994 soy docente de español en distintas instituciones de mi comunidad, donde puedo aportar a mi comunidad llevando parte de mi cultura y mi lengua a otras personas.

El español ahora se ha hecho muy común, si tú dices “hola, ¿cómo estás?” en la calle, seguramente alguien te contestará “muy bien, ¿y tú?” y eso es grato y cálido. Las personas migrantes hacemos un aporte importante a las comunidades que nos acogen, ya sea siendo parte de la fuerza laboral o dando un aporte cultural o lingüístico.

Yo amo a mi Honduras y pensé junto a mi esposo en vivir allí con nuestra pensión, pero no tendría la certeza de que podría regresar tan seguido a Austria a ver a mis hijos o de que ellos podrían venir a visitarme cuando quisieran. Si en algún momento necesitara operarme del corazón, no me cubriría la seguridad social en Honduras, y en Austria sí. Son decisiones difíciles, pero debo tomar en cuenta que tanto mi esposo como yo somos adultos mayores y lo mejor para nosotros es quedarnos aquí.

Me siento orgullosa también de haber tenido la oportunidad de aportar tanto a la sociedad alemana como a la austríaca, a pesar de que a veces la pasé mal, porque no es fácil. Yo soy como la semilla de una planta y me he arraigado aquí, he formado mi familia en este país que me ha acogido y que me ha permitido desarrollarme sin ser esta mi sociedad natal.